Rápido hoy, caro mañana
Abrir la consola del proveedor, crear una máquina, abrir un puerto y ajustar un tamaño lleva cinco minutos. Por eso casi todas las infraestructuras empiezan así. El problema no aparece ese día, sino meses después, cuando hay que responder preguntas sencillas:
- ¿Por qué este puerto está abierto?
- ¿Quién cambió el tamaño de esta base de datos?
- ¿Por qué aceptación no se comporta igual que producción?
La consola registra que algo cambió, en el mejor de los casos. No registra por qué, no permite revisarlo antes y no ayuda a repetirlo en otro sitio.
Cómo divergen los entornos
El efecto más dañino de los clics es silencioso: la deriva entre entornos. Alguien amplía un disco en producción por una urgencia y no lo hace en aceptación. Otra persona abre un puerto en desarrollo para probar algo y lo deja. Un tercero actualiza una versión solo donde la necesitaba.
Cada cambio, aislado, es razonable. Juntos, producen entornos que ya no se parecen, y una aceptación que deja de servir para predecir producción (como vimos en la serie de Plataforma).
Tampoco se trata de prohibir la consola
La consola sigue siendo útil para mirar: explorar, diagnosticar, entender qué está pasando. El cambio de hábito es otro: la consola se usa para leer; los cambios se hacen en código. Y si una urgencia obliga a cambiar algo a mano, el cambio se lleva al código ese mismo día, para que la realidad y su descripción no se separen.
Para que esa regla sea fácil de cumplir, el código tiene que describir lo que se quiere, no la lista de pasos para conseguirlo. Esa es la diferencia entre declarar y ordenar.
Cómo lo aplicamos: Automatización e IaC.